Vivir con un No Humano. Cuestión de intuición

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El fin de semana en Barcelona tocó a su fin. Había que volver a casa, al refugio que compartíamos en las montañas. Allí, mi compañera, podía adoptar su estado natural sin que nadie la sorprendiera. (Bueno, a veces la asistenta la había pillado, pero ella no contaba. Ya habíamos cogido el tranquillo para borrarle de forma natural la memoria.)

 

Al subir al coche nos colocamos como antes: yo en el asiento del copiloto, Tránsito conduciendo. Ella siempre quería conducir. Su cuerpo se encogía como una acordeón, contrayéndose vértebra a vértebra hasta adaptarse al espacio disponible entre los pedales y el techo; y al hacerlo su olor desplazaba los olores de la ciudad que atravesábamos y de la polución contenida, ante cuyo tráfico la androide no paraba de proferir exclamaciones. Tránsito olía a todos aquellos potingues de las probetas y los tubos de ensayo: de cintura para arriba a goma de nata, más abajo a caucho, a pegamento y en su conjunto, a la piel curtida de su traje ajustado.

 

-Ha sido una merienda estupenda-dijo-. Gracias, Lu, por presentarme a tu familia.

 

Cuando ella me hablaba como una persona, el mundo entero se derrumbaba a mi alrededor. Me ponía a temblar físicamente como ante un toque de alarma; no podía escuchar lo que decía y, sin embargo, yo escuchaba, naturalmente, como un animal que se muere de sed bebe; y al mismo tiempo la angustia se sumaba a más angustia, y entonces, yo buscaba un lugar donde mirar y distraerme, y rogaba, casi en un estado de inconsciencia, en un rincón, para que desapareciera por la ventana, tan tempestuosamente como había entrado, porque seguía sin poder albergar semejante circunstancia en mi razón; era preciso que no olvidara su procedencia y esa cabeza grandiosa de Medusa, pues a tal punto las serpientes del horror se agitaban en torno de la mía y, más frenéticamente aún, las serpientes del miedo. Era necesario no obviar esa realidad, que yo no veía a simple vista. Tránsito no era una persona. (Aunque ella se empeñaba en hacerme creer lo contrario.)

 

– No sé si ha sido una buena idea ponerme un nombre o conocer a mis padres. Después te costará más eliminarme- dije secamente.

 

– Nada de eso-terció la androide-, bueno, o tal vez tengas algo de razón. (La máquina del futuro contrajo el rostro).Tú crees que yo podría recibir órdenes y, en ese mismo instante eliminarte, pero que antes me debatiría entre el deber y mi amistad por ti. ¡Olvídalo, tonta! ¡Esto no funciona así!

 

– ¿Ah, no?

 

– ¡Pues claro, que no!

 

– ¿Y qué ha pasado con aquellas viejas enmiendas que decían: “Los robots nos protegerán a nosotros y a nuestros hogares. Si un robot va a vivir conmigo, tiene que saber quién soy y atenderme según mis necesidades y mi personalidad. Tiene que entender lo que siento” – protesté enfadada.

 

– Hoy en día, ya no es así. Las máquinas con emociones, como nosotras, estamos basadas en el funcionamiento de organismos con sentimientos. Yo actúo como tú, según el libre albedrío. Una auténtica ruleta rusa- aclaró Tránsito con naturalidad mientras seguía atenta a la conducción-. Aquellos maravillosos preceptos, se esfumaron. Ahora nos parecemos demasiado a vosotros, somos como vosotros. Somos vosotros, ¿entiendes? Podemos pasar totalmente desapercibidos. Y si no, fíjate en tu madre. No se dio cuenta de nada -replicó la extraterrestre-. ¡Y eso que la miré fijamente a los ojos durante un buen rato!. ¡Ha sido divertido!

 

– Ya. Pobre mujer- lamenté-. A propósito…¿Lo sabe alguien más o soy la única afortunada a quien le ha tocado “la lotería” en la Tierra?

 

– No seas boba, Lu. No te hagas la graciosa. ¿Tiene pinta la gente de saber que un montón de máquinas del futuro, bajo la apariencia inofensiva del buen vecino, les vigilan?

 

Quise cortar la conversación desde aquel instante, comenzaba a incomodarme. Le eché una ojeada a sus piernas. Sus piernas se extendían en primer plano. Estaban algo separadas, lisas, doradas, monumentales: columnas firmes de piel sedosa y algo brillante.

 

– Nadie tiene ni idea. Nuestra raza fue enviada a la tierra en el mismo instante en que la primera forma de vida apareció en ella. Así que, relájate, pequeña, que no te haré daño. Ya hace mucho que ejercemos de mamaítas y papaítos.

 

Después, para matar el tiempo durante el viaje me contó, bajo mi asombro, un montón de cosas increíbles, como que
estaban por todas partes, que no eran ni más ni menos peligrosos que nuestra raza, y que no suponían una amenaza, por lo menos por ahora. Su misión era otra muy distinta a la que podíamos imaginar, pero que a mi no me iba a contar nada, por mi condición de chismosa en grado superlativo, al ser mujer y periodista. Luego, antes de callarse por largo rato al escuchar emocionada la música de Chopin, me comentó que en su mundo les llaman “Guías Vitales” o extraoficialmente, aquí en la Tierra, “No Humanos”.

 

-Tú eres la única que te refieres a mi como máquina o robot -.Y luego añadió secamente-.Nunca te lo he dicho, pero podrías mostrarme más respeto.

 

A mi compañera le encantaba aquella forma tan enérgica y seria de decir “No humanos”. (A veces, me ponía los pelos de punta, porque siempre relacionaba ese término con muertos vivientes o bichos semejantes.) Había estado bien capitanear la conversación, hablando de sus particularidades alienígenas, con la única intención de protegerme. Otras, en cambio, tocaba temas tan naturales, hablaba tan correctamente, y se calzaba esas virtudes de mujer inteligente y misteriosa, tan alta y guapa, que me hacía olvidar su origen, desarmándome por completo, como había pretendido desde el principio de nuestro viaje, al darme las gracias por presentarle a mi familia, algo para mi tan humano. Por suerte, no sucumbí.

 

En aquella ocasión habíamos hecho el camino de regreso a casa, de un tirón. Tirón donde ni en un segundo siquiera, olvidé su cabeza de Medusa. Gracias a Dios.

 

(A menudo pienso que vivo como aquellos pobres chicos asediados por Freddy Krueger. Si quiero seguir con vida, junto a ellos, no puedo olvidar lo que son. Esa es la primera regla. ¿La segunda? No caer en la tentación…Pero eso ya forma parte de otro relato.)


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