Nueve jóvenes escogidos entre millones de candidatos

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Nueve jóvenes escogidos entre millones de candidatos.

 

Nueve mundos para sobrevivir o morir.

 

Nueve máquinas dispuestas a todo por hacer cumplir las leyes.

 

Y un increíble Matrix, que les abrirá las puertas hacia un tiempo artificial e increíble: El Eterno Presente.

 

 

¿Quién es capaz de resistirse a subir al tren de la Corporación, el mayor imperio del entretenimiento?

 
Lo más importante, ahora, era salir del infierno en que se había convertido la Tierra.

 
Era todavía temprano, la estrella artificial que calentaba la estación rendía al mínimo, y unos pequeños robots del servicio de limpieza se desplazaban por los andenes casi sin rozar el suelo.

 
La estación era un hormiguero. El lugar parecía un enorme y desordenado espacio bajo un gigantesco ovillo de vidrio y acero. Los pasajeros se contaban a miles: Algunos, exhaustos tras horas de espera o viajes agotadores, adormecidos, acurrucados bajo sus propios abrazos; otros, en trance, tras largas procesiones para llegar hasta la facturación; y luego estaban los que formaban corrillos alrededor de gigantescos paneles informativos. Tuve la impresión de que la humanidad al completo había decidido huir.

 
El aire apestaba a una mezcla de sudor y colonia, a queso rancio, a cebolla por las zonas de descanso, a carne quemada cerca de los puestos de comida, a café torrefacto y bollería industrial en las cafeterías. Aquí y allá se oían ronquidos, balbuceos, risas, los murmullos ensordecedores de los transeúntes, esos bancos de sardinas empujados por una corriente devastadora.

 

Para llegar hasta la plataforma de salida D-45, tuvimos, obligatoriamente, que meternos de cabeza en la misma inercia azuzadora que empujaba a los sardinas: ese espeluznante y apretadísimo trasiego de aletargados viajeros y sus equipajes, circunstancias y olores corporales.

 
Fragmento extraído de Nueve Mundos, el origen.


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